La luna iluminaba la
romántica escena, en la que un hombre y una mujer descansan sobre una cama,
luego del eufórico y rítmico movimiento de la pareja.
Ambos están
exhaustos y se dan caricias finales o promesas de volver a repetir el ritual.
Mientras ella
acaricia el vello del pecho y él riza un bucle de cabello, suspiran al unísono
y miran la luna como logra alcanzar su máximo esplendor.
La joven observa a
su amante con dulce detenimiento para preguntarle si algo lo estaba molestando,
ya que un sombrío semblante se había apoderado de él.
--Nada, mi vida.
Estoy bien. Me detuve a pensar en la rutina. Lo que siempre hago y estoy
obligado a hacer.
-- Te refieres a los
viajes y negocios… Replicó ella, un tanto nerviosa, ya que percibía un triste desenlace
en esta relación.
Un breve silencio
los invadió.
--Sí, claro. Dijo el hombre para incomodar aún más el
momento.
La joven intentaba interceptar la mirada de él, tal
vez intuyendo una respuesta más sólida y que se aproxime a la realidad. No era
la primera vez que le sucedía esto con un hombre, aunque ya no le importaba. Ahora
solo vivía el momento.

